Palabras formando la expresión mínima de lo irreal, una forma diferente de decir lo que soy.
martes, 12 de octubre de 2010
Un adiós a todos y dos te amo...
martes, 10 de noviembre de 2009
Esperando por un muerto
Mirando la gente pasar, el sol ponerse... Su cuerpo desgastarse día tras día. El mismo trajinar triste, la historia eterna del universo cambiante, cuestiones de la naturaleza por las cuales no tiene un objetivo fijo, acorde consigo mismo ni con el mundo entero.
Las ráfagas de viento con misión de matar buscan ahora los agujeros más grandes de sus ropas insulsas, y es en ese momento cuando extraña los brazos de su madre, las caricias de su mujer y los besos de su hija.
La falta de leche le quitó los dientes, y la falta de amor le arrebató la sonrisa. La vida endemoniada le quitó la posibilidad de conseguir un empleo y la muerte inoportuna le quitó sus motivos de vivir. Huérfano de toda alegría hoy llora porque no tiene otra salida más que esperar que el destino lo arrastre hacia su pronto sueño eterno, ya que él no puede quitarse la vida.
No recuerda su muerte, porque podría morir de hacerlo, mientras que yo acecho, mientras que yo espero. Mientras que yo sonrío al ver como su desdicha desgarra sus deseos. Mientras observo como mis actos mutilan su razón de ser.
Y así como me lleve a esos niños, solamente espero el momento exacto para presentarme ante él. Y así como hace un par de años, o segundos quizá, hice que un accidente las trajera conmigo, hoy espero que los recuerdos más tristes de su mente inútil le quiten del todo la conciencia y pueda traerlo conmigo, para así tener una víctima más en mi presencia. Hombre marcado por su sola existencia, vagará en vano hasta que le dure la resistencia, mientras tanto más gente seguirá muriendo y yo seguiré sonriendo, hombre condenado, hombre maldito, todo estaba escrito y un día de estos te llevaré conmigo.
martes, 22 de septiembre de 2009
Espérame en el siguiente puerto...
Las cosas importantes para mí no tienen significado, ahora que no estás a mi lado todo se dio por terminado. Hasta ahora los granitos de arena me susurran en silencio tu mirada, la fiereza del mar, antes por mi añorada, me dejan el amargo sabor de tu ausencia; el sol me quema menos y las nubes rechazan su forma y su sentido porque ahora no estás para mirarlas, porque las cosas más inexplicables tienen sentido cuando evoco tu ser, tu sonrisa, tu vida.
Ya hasta la brisa tiene compasión de mí. Ser un navegante en este ondeante valle de lágrimas no tendría sentido si no encontráramos, por fuerza, la razón de nuestro vivir. Y eso eras tú para mí.
Sígueme mirando, donde quieras que estés, mi amada, que todavía no se termina el mundo, ya que "mi mundo" está superditado al número de tus pasos alejándote de mí. Porque cuando miro tus ojos las cosas no parecen tan reales, se me desmoronan los sentimientos y se me rompe el corazón. Saber que tu partida no es más que un asqueroso silencio que me parte el alma en dos, uno para ti y otro para mí. Saber que ahora que el agua, la tierra, tus pasos y mi vida nos aleja hacen que me asuste de saber cuánto voy a vivir con este castigo, porque, al parecer, solamente mi último suspiro me dará la paz que necesito.
Y pues sí, ser un navegante es algo fastidioso, pero un navegante como yo lo es más. Todo el tiempo dejé atrás corazones infelices, caras sollozantes, miradas tristes. Ahora me tocaba a mí ver realmente lo que se siente que te dejen y se marchen a un lugar sin encuentro, un lugar donde ningún mapa revelará su ubicación. Saber que quién espera ahora al regreso soy yo, saber que soportar saber que no estarás.
Sigo mirando el horizonte y mientras siento que te alejas y me alejo no puedo olvidarte, y una lágrima rueda por mis mejillas, y como por cualquier motivo no quiero desperdiciar ni una partícula de tu recuerdo, me bebo la mitad de esas lágrimas, inclinando mi rostro hacia un lado y esperando a que caigan. La desdicha que me embarga hace quiera fallecer a golpes de machete, que quiera ser tragado por el agua que me rodea. La tarde se va disperasando con sus pájaros cantores y las olas entusiasmadas, que en otro momento me hubieran prometido una buena aventura, ahora solamente me dejan la desdicha de saber que nunca más el mar será mi motivación, porque ahora mi motivación es la tierra que pisaste, la tierra que nunca más pisarás, el lugar del cual te alejas y nunca volverás, ya nunca volverás.
Maldito anochecer, porqué tuviste que llevártela ayer. Sigo con la mirada fija hacia el sol que desaparece y ahora mis gemidos son más sonoros. Mi corazón agonizando pide a gritos que vuelvas a buscarme, que vuelvas a tocarme, a besarme, y miro hacia lo lejos a ver si por algún motivo olvidaste algo y te acercas a preguntarme. Buscando a tientas en la oscuridad, pruebo y me desespero, a ver si por algún sortilegio macabro vuelvo a tenerte cerca mío, pero la mente no me deja ser feliz, y ni aun por compasión me deja volver a sentirte, no me deja saber si tú también estás triste.
Las lágrimas no me dejan ni mirar y siento que me duele el corazón, que me duele en realidad el cuerpo en su totalidad, porque me prodigaste tus caricias sin pensar, sin reclamar. Ahora mi humanidad responde a este dolor del alma y el corazón, se compadece de ellos y comparte su dolor.
Mañana por la tarde volveré a esta parte de mi barco, a ver si todavía puedo recordarte saludando a lo lejos con tu sonrisa de niña ansiosa, con los brazos abiertos diciéndome que nunca más me dejarás ir la próxima que vuelva. Hubiera esperado más por parte mía para cumplir también una promesa similar a la tuya. Porque desde la primera vez que me fui y me lo prometiste siempre hubo un vínculo que nos mantuvo cerca, algo que siempre hizo que volviera, ahora que volví por última vez las cosas habían cambiado, todo estaba predestinado. Ahora la noche nos aleja aún más de nuestro encuentro. Pienso que ahora debería estar muerto, ya que este dolor es insoportable, la noche es tediosa recordando tu belleza, las ojeras que llevabas por trasnocharte conmigo. Tus manos maltratadas por tanto trabajo y esta estúpida vida, esta maldita vida, que sólo nos dejó ese incómodo sonido en el oído, el de un barco zarpando detrás mío.
Prometo buscarte en el siguiente puerto, y en el siguiente y en el siguiente, y prometo que voy a quedarme como estoy, quizás de este modo las cosas vuelvan a ser como antes, quizás de ese modo vuelvas a buscarme, y me esperes en el siguiente puerto. Quizás ahora que no puedes escucharme algo en tu ser te llame a encontrarme.
Quizás ahora puedas ver cuánto sufro por tu ausencia y quieras venir a consolarme. Pero si puedes escucharme , espérame en el siguiente puerto y prometo no marcharme, ¿no ves que mis ojos de desangran buscándote? Sigo mirando al horizonte y no quiero vivir sin antes encontrarte.
Espérame en el siguiente puerto, que aunque para mí sea el último en esta vida, prometo no volver en mi partida de ir a buscar. Espérame en el siguiente puerto que si la vida tiene que costarme, por ti me muero para que en la otra vida pueda abrazarte. Como tu bien sabes la vida tiene muchas paradas y una de ellas es la definitiva. Ahora que me lanzo al mar en tu búsqueda espero que cuando el agua salada sofoque mis pulmones y el frío de la noche me arrebate lo que me queda de tranquilidad, en mi agonía te pueda encontrar, porque tú eres mi puerto final.
lunes, 15 de junio de 2009
Se va a llamar como tú...

Triste este cansancio que me produce seguir caminando, las ganas que tengo de parar y no seguir con este desagradable condena. Porque mientras paso por un charco de agua y bajo la cabeza no puedo evitar que me guste el desagradable aspecto que tengo a los ojos de los demás.
Las cosas que hice a través de mi vida siempre las cargaré como un lastre para sentirme buena persona... Sin embargo lo que más me tiene conmocionado es que no me importa.
Las últimas veces que te vi tenías un aspecto similar al mío, la gran diferencia es que tú no tenías ese rastro que deja en los ojos algo terrible.
No te pido perdón por llegar al punto al que llegamos, tú muy lejos, y yo hecho un trapo humano. Los recuerdos bullen por mi mente, y aún ahora veo tus manos delicadas y pequeñas mientras me hacían un "adiós", y era exactamente por eso que te sentías tan desdichada, mi ausencia te hacía retorcer de dolor, y era literalmente retorcer, quién sabe el porqué de tu comportamiento, los llantos, los tirones de cabello, los gritos, pero algo de eso, al parecer, me desquició.
¿Quién puede explicar los motivos por los cuales una mujer se vuelve loca? Aunque en realidad a mi parecer, tus reacciones fueron las de una persona realmente "cuerda", aunque mi opinión ahora no cuenta, ya que, al parecer, yo también he perdido la razón.
¿Porqué tuviste que gritarme de esa manera? ¿Porqué tuviste que proponerme aquello? Y sobretodo de aquella manera... Yo jamás habría hecho aquello si no me lo hubieras pedido, y hablando de esto no puedo dejar de pensar que la actitud que refiero ahora es un simple recuerdo, y que si no le hago lo mismo a otra persona en este momento es porque simplemente las "reglas de la sociedad" lo tildan como una aberración.
Nunca quise engañarte, pero por la manera en que me lo pediste, sí quise hacer lo que me vociferaste en ese momento.
Las cosas que dijiste aún resuenan en mi mente, jamás quise engañarte, lo juro. Pero las cosas pasaron como no debían de pasar, las cosas que hice, inducidas en parte por el alcohol, en parte por la lujuria, no las hice de corazón.
Cuando te conté el resultado de esas acciones enloqueciste, y en realidad la culpabilidad la cargo yo, jamás diría lo contrario, resultado de esas estúpidas acciones ahora también estoy loco.
Si no me hubieras gritado tanto que me amabas, si no me hubieras convencido de aquella manera...
Ella salió embarazada, y ella también está enamorada de mí, de una forma muy diferente e inferior al sentimiento grandioso que me prodigabas. Realmente extraño eso, las cosas que eran como mi alimento, las cosas que ahora me producen una gran desazón. Extraño tus manos pequeñas sobre las mías, extraño tu mirada cálida y expresión de seda, extraño los momentos que se hacían cortos a tu lado, extraño tus abrazos y tu manera de peinarme, extraño el olor que dejabas sobre mi ropa y mi cuerpo, extraño tus remedios para mi soledad y extraño tu cocinar, pero lo que más extraño y hace a mis ojos botar lágrimas en este momento es el hecho de saber que no estás viva, el hecho de saber que nuca más veré el brillo especial en los ojos que te hacía ver más viva que el resto de la gente.
Tuve que matarte, tuve que matarte, me lo pediste... ¿Porqué me lo pediste? ¡Sé que me equivoqué! Sé que estabas triste, y por tu culpa y más aún por mi culpa, ahora también estoy triste, estoy muriendo de tristeza, y la razón por la cual sigo vivo es por la misma razón por la que ahora estás muerta.
Me hubiera gustado acompañarte, pero tenía otras obligaciones a las cuales responder, sabía cuando lo estaba haciendo que esperabas que te acompañara, pero sabía que solamente era un arrebato de egoísmo, porque jamás fuiste egoísta, jamás me lo permitirías.
Cuando tomaste el veneno y al final me miraste y tenías esa expresión que tanto me gusta, esa expresión que siempre me decía lo profundamente enamorada que vivías de mí tuve ganas de mandar todo al infierno y buscar una manera de no dejarte hacerlo, pero sabía que las razones de ello eran mi culpa, y ahora que estoy tan loco como tu te comprendo.
Sé que querías tener una hija conmigo, sé que la tristeza, el hecho de saber mi traición y mi vergüenza fue lo que te mató. Sé también que antes de morir sabías que iba a ser niña y sé que querías que se llamara como tú.
El tiempo sigue pasando y 7 meses se han terminado, ahora que cada vez más el tiempo me va consumiendo y la pena me va asesinando se acerca el momento.
Mi hija va a nacer dentro de poco y, te lo juro con todo mi amor, se va a llamar como tú, Nicolle.

jueves, 30 de abril de 2009
El último recuerdo

Corro, corro, no sé qué hacer, sigo sintiendo los pasos que me persiguen como perros rabiosos a punto de rasgarme la carne. No sé si pueda más.
Tengo que seguir corriendo, más adelante diviso una escalera de metal, esas de emergencias que le permiten a uno meterse a los departamentos por las ventanas. Está a medio bajar. Cuando llego a ella vuelvo a escuchar el grito de mi perseguidor, tengo que lograrlo. Salto para asirme de uno de los escalones de metal. Fallé, una maldita fruta podrida me ha hecho resbalar, ¡maldita gente!, nunca pueden botar su basura donde es debido.
Me levanto como puedo, las cosas no me pintan nada bien. Esta noche debí quedarme en casa. ¡Ay Blanca! Si tan sólo divisaras mis ojos sufriendo sé que en este mismo instante te interpusieras entre mi destino y yo, cosa que no permitiría jamás, claro está.
Al final mi perseguidor también resbala, no sé con qué. Aprovecho ese momento, salto de nuevo la escalera de nuevo sin éxito, y corro otra vez.
Al seguir corriendo noté que las calles por las cuales iba no eran las mismas que recordaba desde siempre, incluso los anaqueles y estantes en las tiendas no parecen ser los mismos. Casi siempre pasaba por esta calle para ir a buscar a mis amigos. Por desgracia ninguno que me pueda ayudar se encuentra en la ciudad.
Sigo corriendo y corriendo y cuando mis pasos ya no pueden más vuelvo a tener el mismo sentimiento de desazón dentro de mí, que no es tan si quiera por la muerta prematura que me persigue a toda velocidad mientras yo corro con zapatos hechos de plomo. Las caras de las personas parecen ahora más vivas, como si cada segundo que pasase lo viera transcurrir como cuando caen gotas de lluvia hacia el suelo.
Las cosas más insignificantes se me hacen notorias, por ejemplo el nuevo color de mantel de la señora vendedora de Flores, la camisa de rayas que nunca le había visto al tendero de la esquina, el gato pardo que cruzó la calle y subió al tejado, y así podría seguir detallando cosas que en más de 25 años de vida no había visto pasar.
Cuestiones como estas no son raras, sencillamente imperceptibles. Y ahora que mientras cavilo se me cruza el tan temido perseguidor, esta vez con una sonrisa triunfante en el rostro dispara sin piedad sobre mi muslo izquierdo.
La sensación desboca en mis nervios y en un impulso desesperado echo a correr nuevamente de la manera que puedo, llego al cementerio pensando en qué habrá provocado que se detenga mi futuro asesino, mientras pienso también en porqué diablos no pedí ayuda.
Una vez me siento en una de las lápidas noto como lentamente va apareciendo una sensación de quemazón en el punto de impacto para luego ir expandiéndose de forma rápida sobre todo mi muslo, siento como los nervios me agarrotan el resto de los músculos y me hacen retorcer de desesperación. Las ganas de gritar y luego de un momento el grito desgarrador que produce el dolor insoportable del trozo de metal incrustado a tal velocidad sobre mi carne: ¡Aaaaaaaaah!!!
Luego de un instante percibo nuevamente las sensaciones externas, detalles infinitamente insignificantes para una persona con la certeza de la vida. Irónicamente diríamos que en el momento de la muerte no me voy a andar fijando en agobios tales como porqué está mal ciudado el césped, o como porqué nadie le llevaba flores al dueño de la lápida en la cual me arrecuesto, y entre tantos pensamientos insulsos de nuevo aparece delante mío el servidor enviado por la muerte para darme mi pasaje de avión.
Al parecer no tiene tiempo para esperar, dispara sin piedad sobre mi pecho. Esta vez siento, por un instante, como si estuviera chorreando un líquido caliente mientras que luego voy sintiendo el ya conocido, aunque reciente, dolor del maldito disparo, los gritos no se hacen esperar de mi parte, mientras pienso porqué lo hice, porqué hice eso, porqué tuve que andar espiando donde no debía. Maldita gente con sus negocios turbios...
No tuve intenciones, Blanca, y aunque las cosas ahora se me salieron totalmente de control, quiero que entiendas que mientras pienso en nuestro perdido futuro, también pienso en ti y en nuestra vida juntos, mañana por la mañana que te levantes con los ojos cansados y pensando en tu amor, las cosas no serán como todos los días, porque tu detalle más grande, que soy yo, este día pierde su chispa, a manos de un sicario que sólo le importa matar.
Mirar ahora el sol saliente, recordar los momentos junto a ti, en donde nos prometimos vivir hasta envejecer, saber que no puedo cumplir con esa promesa, ese es motivo mayor para morir de una vez.
Las cosas no salieron como yo quería, y por más que sienta el mundo más vivo que toda la ciudad junta, la situación seguirá siendo la misma, y yo por consecuencia tengo que perecer.
Mañana por la mañana, Blanca, no llores mi muerte y si por algún motivo lees mis pensamientos mientras los mentalizo, recuerda siempre quién fue el que más te quiso, quién es el que te ama y te amó.
No eches a perder tu existencia y mientras sobrevivas a mi ausencia, déjame entender y darte a entender porqué pierdo la vida: Al parecer la razón tan sencilla como que no debes mirar mucho a un ladrón, estafador, extorcionador u hombre con dinero y todo que perder.
Esta noche, Blanca, para mí ya no serán buenas. Y como pienso ahora en todas estas cosas el tiempo me hace reconocer mi actual situación, el dolor consume mi cuerpo entero y sólo espero morir. Miro hacia mi captor, y de nuevo con una sonrisa jala el gatillo...
Recuerdo en estos precisos instantes el último beso contigo, el día que falleció mi padre, el día que se fue de la casa mi madre, y el día que nos casamos. Ahora mientras la vista se me va nublando y todo se va volviendo negro, quiero , Blanca, que mañana por la mañana me digas que te espere, que las cosas van a terminar como lo planeamos antes de mi muerte, Buena suerte, sé fuerte y con el tiempo cuando lo pienses recuperarás la compostura y darás gracias por no haber cometido la locura y el error de seguirme con premura.
Mañana por la mañana cuando despiertes, todo será diferente, aunque tu vida de muerta viviente te lo oculte hasta que partas cerca de mí, que esperemos sea mucho tiempo.
Ahora no veo casi nada, la oscuridad y el dolor desaparecen consecutivamente... Ahora, Blanca, me desea la muerte, pero cuídate, y aléjate de mi suerte, ¡Te amo con todo mi sentir! porque aún oigo tu latir cerca de mí. Adiós.
Y con un último suspiro pude ver como en una película la única cosa que me hace sentir vivo: la ausencia de la muerte y el amor en un mismo camino.

miércoles, 1 de abril de 2009
Nada grita más fuerte que el silencio
las cosas que oigo de sus labios
no me permiten seguir hacia adelante,
algo me nubla la mente,
quedarme aquí es un peligro constante.
Necesito caminar,
quiero respirar,
pues nada odio más
que este inútil silencio.
Escapar de este infierno
no puedo, no puedo...
No puedo seguir viviendo
y las cosas que me vienen a la mente
parecen nada más que un recuerdo.
Ayer por la noche volví a verla llorar
mis manos no la quieren volver a tocar,
el dolor de ella es tan grande
que las cosas y el mundo entero
se me posan delante.
Esta noche llegué tarde,
nada malo hacía,
pues se ve que sé escribir poesía.
Y un poeta tiene las manos benditas.
Sin embargo esta noche,
a pesar de tanto reproche,
discutimos otra vez,
sus uñas de nuevo rasgaron mi piel...
Me levanté del suelo
la miré con resolución,
había perdido la razón,
las cosas no tiene solución.
Nada pesa más que un golpe al alma
las cosas no tienen calma
cuando levantas la voz,
y porque eres tú
es la única razón de que no te haya abandonado.
Empezó con un empujón,
hoy tus gritos de dolor
son mi maldición.
Necesito respirar,
necesito aliviar esta quemazón
que siento en el corazón.
Cuando llegué no te podías levantar,
los golpes que te di
te dañaron hasta gritar,
ya no sé que decir,
¡discúlpame!,
pues te amo a mi pesar.

Ha pasado un tiempo,
las cosas siguen igual,
ahora más que nunca
quisiera renunciar,
pero la verdad no puedo,
soy un cobarde sin igual.
Y nada pesaría más
que tu ausencia,
que esta habitación
sin tu olor y tu gritar.
Ahora disfruto de tu dolor,
tus gemidos y gritos
me llevan a pensar
que solamente necesito
el sabor de tu pesar.
Me gusta el sabor de tu sangre,
me excito sin igual,
y hasta que hagamos el amor
no voy a parar...
Al levantarnos a la mañana siguiente
las cosas siguen tan igual,
luego de los golpes
tu cuerpo me hace vibrar.
Pero no puedo olvidar
que esta mañana parece necesitar
algo más de sangre,
algo más de impiedad.
Llevo ocho días con esa duda
la verdad, aunque sea cruda,
me tiene sin hablar.
Este noche no peleamos,
me dejé golpear.
Ha llegado el día, te necesito,
tu cuerpo sin vida,
tu alma perdida,
te necesito.
Nada importa ya,
de nuevo empiezas a gritar.
No te comprendo,
solamente pienso en matar.
Miro tus ojos llorosos,
no entiendo,
no sé que pensar...
Allí vienes de nuevo,
con los brazos en alto,
llorando, llorando...
Nada pesaría más
que tu vida de nuevo
recorriendo mi guarida,
no tengo que soportar más.
Te miro a los ojos,
camino hacia ti,
tienes miedo, lo sé,
pues has calmado tu enojo.
Quién sabe como se verá
mi cara distorsionada
por el odio que saldrá,
ahora estás tirada.
El golpe no fue suficiente,
ahora que lo pienso,
nada me excitó más
que ver gemir a un casi muerto.
O una casi muerta,
debiera decir,
pues al darte en la cabeza,
las heridas abiertas
y tu desesperación
dejaron paso a mi excitación.
Y mientras te desvestía
con insana perversión
no pude evitar sentir
que mi locura
mascaba fuerte mi corazón.
Mientras con tus piernas
me empujabas hacia ti
no pudiste sentir
mis verdaderas intenciones.
Las razones que tomé
para poseerte de esta manera
no las conoce ni mi alma,
gimes como una ramera
mientras te meto la muerte entera.
Una ves terminado
notaste que seguía golpeando,
tus uñas rasgaron la pintura,
ahora estás asustada, ¿o no?
estáte segura.
Te dejé ir, esta vez,
para acumular diversión,
no hube de ver entretenimiento
en matarte sin previsión.
Por ello te lo dije
y tus ojos se agrandarón,
las lágrimas de nuevo brotaron
y mientras corrías con tu cuerpo
desnudo y amoratado,
las cosas no cambiaron,
todo estaba determinado.
Ahora gritabas, pero aún así
las cosas no habían terminado.
Tome un martillo, y lo pensé,
mejor sería la sangre en un cuchillo,
un simple ataque y todo finiquitado.
Así sucedió, mientras buscabas tu ropa,
perdiendo el tiempo tontamente,
la sombra en el cuarto aparecía continuamente,
una sombra atormentadora, inquietante.
Cuando llegué con mi cuchillo
estabas en sostén y yo en calzoncillos,
te retorcías en el suelo,
mientras clamabas ayuda al cielo.
Las cosas no cambiaron, de nuevo,
caminé hacia ti sin remordimientos,
empujé la hoja hacia tu seno.
La sangré empezó a brotar,
se terminaba mi sufrimiento,
ahora todo sería silencio,
como en mis sueños, en mis pensamientos.
Una vez di la espalda
algo se paralizó en mi cuerpo.
Era mi corazón ahora muerto
que vivía para ver morir su sufrimiento.
Caminé lo más que pude
para tenerte cerca de mí,
ahora comprendí
el motivo de todo esto.
Nada grita más fuerte
en el silencio,
que la espera de un corazón
que se dio por muerto.
lunes, 1 de diciembre de 2008
Mors

Los años que pasamos juntos, se han hecho humo y se desvanecieron como las pomadas que solía aplicarme a las magulladuras y cortes luego de una batalla. Nuestros días de acción terminaron, y mientras observo el falaz cielo que me indica una mañana hermosa, veo con ojos acuosos el camino al que tan pocas veces en tantos años hube de recorrer para el camino de vuelta, a lo que vosotros llamaríais "mi hogar".
Mirar el pasto y sentir el pesado granizo cayendo sobre mis hombros ya no es lo mismo. La ternura con la que limpiaba a mi fiel compañera, sentir su cortada en el aire, en la carne...
Entonces entre uno y otro recuerdo me encuentro, para mayores referencias, solo y triste en la casa de mi infancia, en la cual sólo habré llegado a dormir contadas ocasiones, aún pudiéndose contar con los dedos, antes de llegar a pasar a mi retiro, en la cual me encuentro y aún me cuesta excesivo trabajo asimilar.
Las grietas de las pareces me dan a entender que no solamente yo he envejecido con tanto trajinar día tras día, año tras año, y las cosas que aún en época antigua no soportaba, me resultan totalmente desagradables el día de hoy: la puerta de madera vieja que rechina, aún cuando nadie la ha tocado, su crujir por las noches, las sillas a medio romper que todavía sostiene a sus ocupantes con temple, la cocina anega de cucarachas a las cuales no me atrevo a espantar, por si algún día me falta para comer...
Bueno y podría pasarme todo el día escribiendo para vosotros en este cuaderno para apuntes acerca de lo mucho que odio este lugar; sin embargo, lo que me condiciona de limitarme a escribir otras cosas me condiciona, irónicamente, también a escribir todo lo que en este momento estoy pensando, por tal, debo seguiros ilustrando con mi relato de modo que pueda servir a un propósito misterioso el cual todavía no descubro.
Las paredes de barro, el suelo de tierra, el poyo de piedra sobre el cual aún descanza mi capa, todo, absolutamente todo me provoca una sensación de nostalgia, muy distinta a la que vosotros traerían a vuestras mentes en un instante de recuerdo alegre y triste a la vez, no, es una nostalgia que provoca hastío en mis entrañas, una nostalgia que me llama a regresar a un lugar al cual nunca tendré acceso, el cual me es imposible de encontrar, el podría yo y vosotros emprender la empresa de encontrar y llegar hasta la muerte por tal, sin embargo nunca jamas veríais, y por no deciros más, no existe. La sensación plena de inseguridad, de incertidumbre, por la cual me encuentro solo, abandonado, la impresión de que todo a vuestro alrededor no os pertenece, y que aún vuestro propio cuerpo y vuestra alma, no es vuestra, las ganas de volver a ese lugar deseado, llamado "hogar", es algo que a través de los años entendí, nací sin un sentido de pertenencia, sin ese arraigamiento que cada ser humano tiene al nacer. Esta tristeza infinita que siento, de orfandad, de soledad...
Tal es mi sensación al encontrarme aquí... Y pues, para daros más referencias acerca de mi origen les diré que mi madre, a la cual no conocí, se echo a correr luego de haber nacido yo; mi padre murió cuando el esposo de una mujer lo mató, al encontrarlo en la cama con su esposa. Es de esta manera como vosotros, pretendo, comprenderéis el porqué de esta soledad infinita tan arraigada a mi ser. Me crié en una simple casa de huéspedes del pueblo donde nací, en el cuál, desde que tengo recuerdo, era golpeado hasta no poder cargar algo con las manos, ni mi cuerpo con mis pies, la dueña del lugar, lejos de ser mi madre, era mi verduga diaria, de manera que solamente pude crecer con odio, sin embargo una vez que logré usar la razón, obtuve un entendimiento sobre su comportamiento, tal hizo que creciera este sentimiento de soledad en mi interior, tal hizo que no solamente naciera triste, sino que esa marca quedara grabada en mi memoria para siempre...
Lo que vosotros mentais como "amor" fue muriendo dentro de mi corazón con gemidos apagados, llamas tristes que dejaron de titilar en el momento en que fui dándome cuenta de mi verdadera naturaleza...
***
Las cosas iniciaron una tarde, pues no he de deciros que inició "una cálida mañana" o incluso "una escalofriante noche", siendo sincero, no lo recuerdo. Las sucesos de aquella noche dejaron gravada para siempre en mí el instinto asesino que marcara mis días hasta la fecha.
Aquel día conocí en un bar, el cual no podré especificaros, a un tipo de aquella que aún el mismo Jesús tomaría por insalvable. Un cuerpo cuya alma pesaba tanto, o pesaba tan poco, que él mismo daba por sentado que solamente le era un estorbo. Llevaba un sombrero extraño rematado por una pluma. Una almilla, que apenas si cubría sus carnes, y sobre sus anchos hombros, una capa que por mucho era excelentsísima: color negro, con unos broches de oro rematados en zafiros, ligera y elegante, la cual ahora llevo puesta. Unos pantalones simples los cuales sostenían un cinturón de cuero teñido de negro con una hebilla sumamente gruesa, por lo demás sencillo. Unas botas color inexistente, muchas cicatrices en el brazo. Sin embargo su rostro era límpido, cabello negro medianamente crecido; lo más extraño era la expresión de su rostro, como si cosa alguna le importara tanto como sus botas, sus ojos carecían de todo brillo, lo cual me hizo pensar, por primera vez, en la muerte. Pero aún más que sus ropas, o su aspecto, me interesó sobremanera su espada, una espada tan magnífica, que aún ahora que la veo entre mis manos me sorprende por su singularidad. En sus manos había adquirido una similitud a un arma mera y vulgarmente asesina, totalmente salpicada de sangre y sin ningún tipo de cuidado, por lo demás de no haber estado en un estado de sorpresa total, no habría notado el ligero fulgor plateado que manaba como la misma sangre de una herida, muy cerca del mango, en uno de los filos, pues sería mentira deciros que era el filo derecho, el cual aún recuerdo porque el sólo hecho de observar tal espectáculo de matanza y belleza, de un matiz estético excepcional... Pues bueno, he de seguiros contando mi historia, puse para tal estoy sentado aún a la vera del camino que conduce a la entrada de esta pocilga:
Todo sucedió muy rápido, a pesar de la primera impresión que me causara el encuentro con este imponente personaje, más pudo mi necesidad de alimento que mi cautela, por tal intenté robarle lo que tenía sobre la mesa; lo primero que sentí fue un fuerte olor a tierra en algún lugar de mi cabeza, lo siguiente un fuerte dolor en el brazo y luego todo era color negro.
Cuando desperté boca abajo mi primera impresión era que estaba soñando y a razón de ello no sentía parte alguna de mi cuerpo, como si hubiera sido desprendido cada miembro del mismo. Lo siguiente sobrevino tan repentinamente como la primera sensación que sintiera, un dolor en el cuerpo tan intenso, tan insoportable, que hubiera preferido sentir, o mejor dicho no sentir, lo que me hacía creer que carecía de un cuerpo palpable. Al parecer debo haber sido vapuleado a tal extremo que mis carnes veíanse de un color negruzco. Hasta esa etapa de mi vida no había visto a un muerto, ni siquiera a un moribundo, sin embargo alguna cosa que palpitaba constantemente como un martillo en mi cabeza me hacía pensar que de haberme visto en un espejo habría de ver a un cuerpo muy similar al de uno de ellos.
Hasta donde pude ver me encontraba en una choza, tendido sobre una ramada de palos cubiertas con hojas secas, unas largas hojas secas, y lo pude notar, pues mientras respiraba con dificultad sentía que se iban deshaciendo los extremos de las que soportaban mi cara manchada de sangre.
No levanté la cabeza por dos motivos: el primero era que no quería ver el estado total en el que se encontraba mi cuerpo y el segundo era que así hubiera querido no lo habría podido hacer, para qué he de mentiros, el dolor era fatal.
Calculo que habrían pasado unas buenas decenas de minutos, una vez hubo dado con la realidad de la situación me encontré levantado por unas manos callosas, de las cuales eran dueñas unos brazos extremedamente fuertes, los cuales luego de alzarme en vilo me lanzaron algo lejos de sus pies, donde caí maltrecho y mientras mi dolor se acrecentaba yo yacía en el suelo inmóvil esperando el siguiente ataque, y para mi sorpresa tal no llegó, por el contrario sentí los mismos brazos levantándome y colocándome, no muy meticulosamente, sobre el suelo, solo que esta vez sentado.
Lo mire largo rato, y mientras el conocimiento iba recuperándose dentro de mi cabeza noté que el hombre al que dirigía la mirada era el mismo al cual había tratado de robarle la merienda. Mientras lo miraba me devolvía la mirada, tras un largo tiempo, sin notar cuánto, me habló, con una voz que hizo que se me helaran los huesos, y por lo que he descrito a vosotros, no era yo una persona a la cual se podría amedentrar facilmente. Pero aquella voz gutural me dejó pasmado.
-Un acto merece otro de igual calibre. Vos intentasteis hurtarme el alimento, pues yo intenté alimentarme de vos. Aunque ciertamente he de decir, engendro, que no he encontrado en mi vida presa más difícil que vos, mi espada os ha cortado, pero al parecer no como debería, mis manos lograrón romper vuestra cabeza; he esperado cinco días y lejos de mostrar síntomas de estar muriendo muestras mejoría.
-¿Quién diablos sois vos?-dije.
-Veo muchacho que al parecer os hace falta aprender modales, ello os ayudaría a conseguir alimento sin que os dejen hecho una ruina.
-Mirad, si vos hubieras sido tratado como me trataron a mí, las cosas ahora os pintarían de otro color...
-Escuchad esto mozo insolente, si en vuestra miserable e insignificante vida encontraréis criatura más triste que lo que yo fui, y espero que esto os enseñe a no volver a gastar mi paciencia, os regalaría absolutamente todas mis pertenencias, salvo obviamente mi adorada Mors - dicho lo cual sentí un pellizcón en el abdomen.
-¿Quién es ese Mors que mencionasteis? Será acaso vuestro perro.
-Jajaja, muchacho idiota me has hecho reír, proeza que no lograba hacía tiempo. Sin embargo no, no es un perro como vos pensais...
-Entonces...
-Bueno muchacho pues es mi espada, que más pensabais vos que, dentro de mis visibles pertenencias, merece un nombre.
-Oh, pues sí, lo noté antes que vos que me hicierais añicos la carne entera.
-Sí, me parece que vale la pena contartos la historia de cómo la hallé. Hace unos años andaba yo...
Pero aquella historia que me estuviera contando no logré terminarla de escuchar nunca; fuera se había oído un ruido como de cascos. El portador de la espada salió apresuradamente y para cuando hubo vuelto, que fueron sólo escasos minutos, volvía con un hombre de mediana edad cortado por todos lados, cómo lo estuviera yo, y al parecer ya sin sangre en las venas, pues parecía haberse derramado toda afuera.
-Son finales como estos los que os espera a los ladrones como tú y este infame.
-¿Qué fue lo que pasó, señor?
-Pues que este personaje, como muchos otros antes, ha tratado de hurtarme la espada.
-Al parecer es una espada de mucho valor, ha de costar una fortuna- pensé anhelante.
-No podríais ser más estúpido, niño, el valor de esta espada no podría ser equiparada por dinero alguno.
-Entonces, señor, a qué se debe que os ataquen tanto por vuestra espada.
-A que sus cortaduras no sanan, muchacho, produce heridas de tal calibre que ninguna medicina, al menos no conocida, puede curar.
-No entiendo señor, tal afirmación podría darme entender que soy un difunto ya, sin embargo aún respiro y siento hambre, dolor, y bueno todas aquellas cosas que nos hacen sentirnos vivos.
-Buena manera de expresar la vida muchacho, dolor. Bueno la pregunta que me haceis es exactamente la misma que en este preciso momento taladra mi cabeza. No llego a entender el porqué de esa reacción en vuestro cuerpo.
-Señor...
-Decidme muchacho.
-¿Qué pensais vos hacer conmigo?
-Otra buena pregunta que haces muchacho. Lo cierto es que pensaba entrenaros, si vos estáis de acuerdo con ello. Ciertamente me parece que algún día, quizás, llegaréis a ser mi heredero.
-Me parecería ingrato no aceptar vuestra oferta, señor, puesto que no me ha matado...-dije, haciendo una inclinación con mi cabeza, con lo que logré sentir unos mareos indescriptibles a causa del dolor- Y recalcando que ciertamente todo me da igual. Me someto a vuestra disposición.
-Me parece excelente. Debo aclararos, sin embargo, que traté de matartos, pero que no pude, solamente logré romperos la cabeza y hacer heridas que no fueron, al parecer, mortales para vos. Ahora prefiero que descanzes puesto que mañana veremos de empezar a intruiros. Ladronzuelo.-Dicho tal me volvió a hacer un pellizco en el abdomen.
Vosotros creeríais que un castigo tal sería el indicado para un niño como yo, pues os equivocaríais puesto que mi cuerpo magullado y cortado sentía martirio en el más leve roce, además estaba el hecho de la fuerza que poseía este individuo. Para fines mayores dejóme dormir por horas y horas, lo lamentable era que vosotros descanzaríais mejor si os hubieran alimentado como es debido, y lo más sabroso que me trajo este tipejo fue un poco de pan y un vaso de vino, y este alimento en 3 semanas, sólo para merendar.
Lo que hiciera con el ladrón que irrumpiera en nuestra conversación no lo supe jamás, ni me atreví a consultárselo.
Sin entender las razones por las cuales se cumplió lo que me dijera mi nuevo verdugo acerca de mi recuperación, pues me iba recuperando con una rapidez asombrosa, me iba sanando. Y a pesar de mi lastimera situación logré ponerme en pie a la semana de haber pasado mi charla con este misterioso hombre, mi verdugo. Y os lo menciono porque desde que me vió en pie no ha parado de martirizarme con la extraña idea de enseñarme las artes de la muerte.
Lo primero que hizo una vez vióme en pie fue examinarme de pies a cabeza, y llegó a la conclusión de que tenía condición de atleta y por tal me hacía hacer ejercicios hasta quedar exhausto o hasta que la cabeza herida no me dejaba continuar, pues , según él, las lastimaduras en la cabeza eran de cuidado.
En los siguientes días terminaría de sanar mi roto cráneo, luego de lo cual me dijo que estaba listo para cazar mi propio alimento, para tal me obsequió una daga que cargaba consigo para todos lados, lo mismo que la magnífica espada, solamente que este miserable objeto vulgar no tenía el mismo brillo de muerte que la espada que tanto admiraba.
Para daros mayores detalles a parte del ejercicio excesivo me enseñó por horas y más horas a pelear con la daga, luego de lo cual me instó a matar venados que habían por la zona. Al inicio no me gusta demasiado, y bueno me parece que a vosotros no os gustaría estar bañados en sangre, mucho menos si su presa se empeña en defender su vida.
Una vez hube alcanzado técnica en matar animales, con lo cual disfrutaba mucho para entonces, me enseñó a usar la espada; debo dejar claro que jamás hasta esos días hube tocado una, además que la suya no la tocaba ni con el aliento. De otro ladrón que llegara unos días antes tomó "prestada" la espada con la que aprendí a pelear.
El primer impacto acerca de lo que era la muertae que tuve y que realmente me hiciera sentir extraño, fue cuando frente a mis ojos mató al triste idiota que intentara, inútilmente, robarle. Con una ligereza imcomparable eludió un ataque dado por su espalda, actuó de manera rápida tomando por refugio el duro suelo de tierra, luego de lo cual su ataquente perdió el equilibrio por la fuerza con la que atacó. Mi entrenador se levantó con la misma rapidez con la que se había tirado al suelo, cosa poco elegante, pero efectiva. Estando en pie con el dorso de la mano izquierda propinó un golpe en la nariz, y se produjo un gran fluído de sangre, lo cual me agradó mucho. Hecho esto el ladrón quedó a su merced, con la espada en el suelo y la cara llena de sangre simplemente se limitó a correr lo más lejos posible, pues con mi daga, que en ese momento portaba él en las manos, hizo un lanzamiento hacia su muslo derecho. Cuando el ladrón quedó tendido en el suelo sacó su espada, una vez más logré ver el brillo de la hoja de su espada, e incluso os hubiera jurado que el mismo brillo se repitió en mis ojos.
Con la espada en alto por un instante se repitió el mismo proceso de martirio que me enseñó para matar a mis presas, le cortó ambas orejas, luego cercenó sus manos, luego pasó meticulosamente la punta de la hoja por su cuello indefenso, puesto que había aprovechado que el infeliz se estaba cubriendo la cara con las manos para cortarselas, y una vez sin éstas el acceso total a mutilar su cuerpo era inevitable. Rasgó con precisión el cuello dejando una fina línea escarlata a la mitad de su cuello.
Prosiguó haciedo cortes profundos en la parte delantera de sus muslos, al parecer él tanto como yo, disfrutaba viendo patalear, gritar y finalmente gemir al desdichado. Una vez su cuerpo no tuvo parecido alguno al que lo atacara, le cortó la lengua con muchísima menos delicadeza de la que lo hizo cuando rasgó la piel de su pescuezo, lo hizo de tal manera que terminó por abrir los lados de los labios de modo que se podría decir que su sonrisa le podría durar mucho tiempo, dejo el corte a cada lado a la altura de los pómulos, y la lengua, ya para terminar con la descripción de su última delicadeza, la cortó por ambos lados de manera desigual, de forma que solamente tenía unido el trozo cortado con una delgada tela de carne, que fue lo último que logré ver antes que la sangre siguiera manando.
Para terminar pasó la espada por su cuello y la introdujo hasta la mitad. Luego de esto lo dejó desangrarse en el suelo y tomó su espada la cual me dijo era un "regalito" de nuestro amigo.
-Toma muchacho, usad esto en ocasiones venideras, os servirá para luchar.
-Vaya señor, eso fue asombroso.
-Me deleita saber que disfrutais como yo de estos festines. Pero déjadme deciros que vos hubeiras cargado con el mismo destino. Os hice exactamente lo mismo que a este individuo, a excepción de cortar vuestra lengua.
-¿Entonces qué fue lo que me pasó?-pregunté desconcertado.
-Eso es muchacho exactamente lo que no me explico. Vuestras heridas fueron igual de profundas que las que vos acabas de ver que hice. Solamente que noté que no sangrabas mucho, y luego noté que vos ya no sangrabas nada, por eso no terminé cortándo vuestro cuello. Por eso decidí traeros y ver qué deparaba vuestro destino conmigo. Ahora he decidido que vos serás mi heredero. No tengo riquezas que ofrecer, pero puedo dar mis experiencias y enseñanzas, las cosas materiales que posea serán vuestras luego de mi muerte.
-Gracias por vuestra generosidad, señor.
-Callaos la boca y ahora a seguir entrenando que el tiempo no está para desperdiciarlo - soltó derrepente.
Entiendo que quizá para vosotros este proceder ha de ser una barbaridad inhumana, y hubo un momento en que lo pensé, tal momento fue exactamente antes de deleitarme con tanta sangre y llanto. Perdonadme por contaros esta monstruosa escena con tal placer, pero no puedo evitar sentirme complacido al recordarlo, es más si mi escritura diera a notar mi actual sonrisa vosotros la veríais.
Pasaron muchos meses, y mientras más miraba la espada más me atraía el lujurioso deseo de tenerla como mía. Entrené arduamente y esperé mucho, hasta que un día me decidí a retarlo a duelo:
-Señor, quiero pelear con vos por la espada, por Mors.
-Basura insolente. No os he prometido acaso que todas mis pertenecias serán vuestras luego de mi muerte.
En ese mismo momento, mientras yo sostenía mi espada en alto, llegó otro ladrón sólo que este tenía la cara tan cortada que no se lograba distinguir con claridad su rostro.
Atacó frontalmente y en ese momento se desató una batalla feroz. Yo miraba y miraba con ansias de ver un momento de debilidad de alguno de los dos. Luego de unos minutos lo encontré. Ambos estaban forcejeando metal con metal; en ese momento bajé mi espada hacia el brazo del dueño de Mors. Con la mano izquierda, que era la que no sostenía la espada, trató de frenar mi ataque, con lo que consiguió hacerse un corte profundo en la palma. Aprovechar ese instante de debilidad que tiene la carne mermada fue algo en esencia sencillo. Su actual adversario vio la misma oportunidad que yo. Entre ambos redujimos las posibilidades de vida a cero. Luego de hacerle la herida en la mano izquierda y que hubiera forcejeado un par de segundos con su enemigo, aproveché otra luz de debilidad en su posición, haciéndole un profundo corte en el brazo derecho, ya sin muchas fuerzas para seguir luchando su destino estaba hecho. Con un empeñón recio logró tenderlo boca arriba en el suelo al instante que trataba de clavar el filo de la espada en su abdomen. Mi maestro lo esquivó con agilidad rodando, con lo que se otorgó un par de minutos más de vida. Logrose levantar el cuerpo herido. Me miró por una fracción de segundo, con lo que entendió, como vosotros ahora también lo entenderéis, que las ansias que me causaba ser el amo y señor de la espada me habían poseído con lo que una sombra de muerte reinaba en mis ojos ya de por sí opacos.Ninguno de los dos se lo esperaba, pero viéndome en un dilema al saber que su adversario quedaría con vida, opté por hacerle un daño menor. Le clavé mi horrible daga en el lado del muslo. Ellos seguían luchando, al parecer, indolentes sobre el destino que les esperaba con una ayuda como la mía en su batalla. Luego otro corte resonó en el aire, esta vez le había hecho una herida de forma horizontal a lo ancho de su abdomen, con lo que mi maestro y su atacante cotaban ahora, ambos, con dos heridas leves que lo único que hacía era agotarlos y acercarlos poco a poco hacia su muerte.Cuando ya ambos estaban exhaustos me miraron y vi el odio reflejado en los ojos de ambos. Vi en los ojos del atacante un brillo de codicia solo comparable con la mirada de odio que me prodigaba mi tutor. Al verme a los ojos acometió con una fuerza sobrenatural, acto, tal cual era, me hizo retroceder con precaución. Mientras que su atacante aprovechaba y le clavaba la espada por la espalda a la altura del ombligo. Mi mentor se había confiado en la cruel idea de asesinarme primero en compañía de su atacante, visto lo cual el susodicho pensó en matarlo para dejarme a mí, la presa fácil, a su merced. Fue el último error del antiguo dueño de Mors.Luego de esto, no tuve que pensarlo dos veces, con una destreza que no me conocía corrí hacia el traidor y mientras este me atacaba con su espada, la lanzé de lado con la mía, solté la mano derecha y saqué la daga, que había guardado en el cinto, y le corté el cuello con placer, viendo como corría la sangre por el filo de tal vulgar arma.Una vez hube terminado con el atacante me levanté para dar un respiro. Grande fue mi sorpresa al ver al que yo creía muerto, de pie, con Mors levantada en alto y corriendo hacia mi con furia, aún con la espada clavada a la altura de su ombligo, agitandose en su apuro, como un cordón umbilical de muerte. Otra vez mi mente funcionó en milésimas de segundo. Corrí a su encuentro, pero en el camino, mientras el bajaba la espada para cortarme, hize un quiebre a un lado, con lo que le hice perder el equilibrio, debilidad que capté para mi provecho. Pateé su pierna a la altura de la rodilla, con lo que calló arrodillado, pateé otra vez, en esta ocasión la empuñadura de la espada que tenía atravezada, con lo que le hize perder el sentido por el dolor. En ese momento glorioso levanté mi propia arma y corté con una sonrisa demente su cabeza a la altura de su cuello. Lo maté limpiamente y sin remordimientos, y aún ahora la emoción que sentí al saber que estaba cercenando la vida del anterior dueño de la que ahora es mi espada, me hace sonreía con esa demencia rara que tantas veces me ha acompañado.Luego de tanta lucha los corté artísticamente para luego cavar un agujero pequeño en la tierra e ir hincando, hincando con la espada hasta que los trozos llenaran tal agujero con sangre y trozos de carne aún viva, pero ya sin sensación alguna.Dejé lo mejor para el final: tomé en ese momento entre mis manos a Mors. Un aire frío me recorrió el cuerpo y sentí el resplandor de muerte con la mano con la que lo cogí, que para ese preciso momento, hubiera jurado era una garra. No os daré mayores detalles, para mí íntimos, sobre la forma en la que expresé mi adoración por esa arma tan perfecta, tan apta para matar.
En ese momento me liberé de tantas horas de zafiedad, de maltrato, del hambre que aún cazando "mi propio alimento" no podía acallar. Las horas que pasaba recibiento golpes e instrucción a la vez. Ahora estaba listo, preparado para matar; seguiría entrenando por mi cuenta. Siendo un niño me adueñe de su casa y demás pertenencias. Dentro de las cuales se contaba su excelente capa, que ahora descanza sobre el poyo que tengo en esta casa, la casa de mi maestro asesinado.
Queriendo daros mayores detalles, me quedé en la casa esta, solo un par de días, detesto completamente sentirme ligado a un lugar en particular, y esta pocilga inmunda solamente me causa desazón en el alma, si es que aún tengo o he tenido alma. Por tal me alejé al instante del lugar que en tan poco tiempo me resultó insufrible. Pues en la casa vivía mi tutor, mientras que yo vivía en una choza a escasos metros de ella.
Bueno, partí y en mi camino asesiné a otros muchos más, siempre con el mismo proceso de mi maestro, cercenando cuanto pudiera, hasta la lengua, y cuando no tenía alimento a la mano, esa carne me satisfacía, alimentando mi sed de sangre.
Me hize una fama solamente comparable con el antiguo dueño de mi espada. Todo cuanto veía la capa y la espada que poseo corrían como alma que lleva el Diablo. Igualmente recibía ataques con la finalidad de hurtarme lo que me gané a base de traición y sangre. Para suerte mía no encontré un niño como el que había sido yo. Para la época que os describo, ya habían pasado años y yo tenía corpulencia y el aspecto de un joven, por lo que tenía, por añadidura, una destreza mayor con Mors.
***
En uno de mis tantos viajes pasé por una ciudad extraña, en donde se comentaba que ningún forastero salía con vida, cosa que alimentaba excesivamente mi insana curiosidad. Para este viajo, como para tantos otros, tuve que volver al hogar odiado para descanzar un par de días, antes de reemprender rumbo.
Solamente entrando recibí ataques, aún cuando veían portador de qué arma era yo. Ya llegando al centro de la ciudad ingresé a un lugar para merendar. Dentro un anciano limpiaba con un trapo sucio una cuchara de madera. Me senté en una silla, puse los pies en el mostrador y levanté con una mano a Mors apuntando a su garganta.
-Tened mucho cuidado -me dijo-, pues en este lugar cosa alguna tiene premio significativo por mucho que vosotros los seres mundanos le den un valor excelso, por mucho mal o bien que prodiguen, siempre seréis castigados.
En ese momento en un parpadeo ya no estaba, por instinto giré mi espada hacia atrás con lo que conseguí herirlo, pero no de gravedad, solamente un rasguño en el brazo.
-Cuidado forastero, las cosas no se os tornan fáciles en este lugar sin corazón.
De nuevo hizo gala de su habilidad y apareció a mi lado, con rapidez estiré el brazo hacia el otro lado, con lo que conseguí cogerlo del cuello. Le corté una oreja, algo que ya no le hacía gracia y mietras iba a volver a abrir la boca para amenazarme le corté la cabeza.
Luego de esto salió una mujer con un plato de comida que al ver a su padre, pues ella misma lo gritó, dejó caer el plato, con otro rápido movimiento estiré la espada y cogí el plato. Acto seguido lo deposité en el mostrador y de dos engullidas lo terminé.
Al fin volví la mirada y la observé: Una mujer obviamente fuera de lo común, pero por lo desaliñada, nada hermosa en comparación con las señoritas que uno divisa por estos lares. Su rostro era bonito, cabello negro y ojos claros. Cuerpo que la ropa hacía notar firme, y carnes abundantes y apetitosas. Al parecer no le entristecía la muerte de su padre, sino que la cogía por sorpresa.
Luego de esto estiré el brazo y la jalé por la pierna. Después di paso a mi lujuria, a la cual ella correspondió endiabladamente. En el momento culmen las cosas se me vinieron al suelo y sentí algo similar al dolor dentro de mí. Estuve apunto de matarla. Pero mientras me erguía desnudo y cogía mi espada entró su hermano, obviamente también lo mencionó. Acrecentó más su furia ver a su hermana y a mí complemente desnudos y embarrados en la sangre de su padre.
Al ver sus intenciones levanté mi espada. Era rápido como su padre, pero no tanto, no podía igualar su velocidad, pero si ver sus movimientos. En un acto de suerte en donde adiviné el blanco, lanzé mi daga y la clavé en uno de sus pies, luego de lo cual de un tajo corté la mano con la que sostenía su espada.
Otra vez su hermana no mostró piedad ante la muerte de otro familiar tan cercano.
-Esto quiere decir que ahora os pertenezco mi amo.
-No me hagáis reir. Yo no te quiero a mi lado.
-Pero señor...
-Está bien te voy a sacar de aquí, pero mantén la boca cerrada.
Salimos de la ciudad, lo que conllevó a un par de ataques y muertes más. Ya fuera me había acostumbrado a su presencia. Ya no me resulaba incómoda.
Siendo esto notorio, se volvió mi única compañía humana. Los animales que yo cazaba ella los cocinaba y con la propia sangre nuestra alimentación acababa siempre en un acto de fornicación sólo comparable con la de animales. Él único problema era que el dolor persistía luego del placer. A la vez ella se dedicaba a prodigarme caricias, cosa que me iba consumiendo de a pocos.
La dejé en este hogar que detesto como por un año sola, con mi daga, para que cazara sus propios alimentos, pues ella poseía cierta habilidad de su padre y hermano.
Pasó algo el tiempo despúés de mi partida, hasta que tomé una sensata determinación. La única mujer que rompió mi soledad, la única mujer que me hizo sentir tanto dolor, que ni el corte más profundo podría lograr equiparar. Pues en la ausencia de un corazón dueño de sentimientos puros, el amor es un agente necio que solamente busca un lugar al cual no pertenece. He de decir que tuve que matarla. No pude sentir amor, pues no era un alma con tal maldición, por tanto un ser tan puro como aquel que me prodigaba tanto, no merecía vivir para ver el desprecio que emerge de lo más íntimo de mi ser.
No daré más detalles de su muerte, pues esa muerte en particular no me produce el más mínimo placer.
Pasaron años y años, y seguía viviendo para matar. Al parecer mi último y peor pecado, a la vista de todos vosotros y mucha más gente, fue el de mantenerme con vida, aunque tenga el corazon yerto. Pues la única siembra que podía cosechar era secar más y más mi corazón con cada muerte que producía el brillo y el rasgar de mi espada.
Para qué explicaros más, para qué daros mayores detalles de otras muertes, para mí tan insignicantes ahora como fueron gratificantes en su momento, tan despreciables como un simple plato con arroz.
Para este punto de mi relato tengo una sensación extraña.
-Siento a alguien en mi puerta...
En ese momento un ruido como cascos resonó más fuerte y alguien que estuviera mirado con ojos de un simple ser vivo no lo hubiera notado. El nieto del anciano que mató en aquella ciudad extraña, el sobrino del hombre que asesinó, el hijo de la mujer de la cual tan cruelmente despojó la vida, cuando lo amó de una manera tan profunda.
De alguna manera cuando lo vió supo que era su hijo, quizá sería los ojos de su madre, el parecido a él, pero el detalle más notorio fue su movimiento silencioso y rápido. Fue como un relámpago. Lo mató en un instante, pues ya para entonces no contaba con las mismas habilidad, además cabe notar que el asesinato de la mujer lo cambió por completo...
Aún después de haber sido atacado con la espada llamada "Muerte" sus cortes lograron sanar con los días, mientras el yacía muerto en el lugar que odió tanto, del cual al parecer nunca logró escapar...




