lunes, 1 de diciembre de 2008

Mors




Pues he de deciros que me encuentro exhausto, con mi espada gastada...


Los años que pasamos juntos, se han hecho humo y se desvanecieron como las pomadas que solía aplicarme a las magulladuras y cortes luego de una batalla. Nuestros días de acción terminaron, y mientras observo el falaz cielo que me indica una mañana hermosa, veo con ojos acuosos el camino al que tan pocas veces en tantos años hube de recorrer para el camino de vuelta, a lo que vosotros llamaríais "mi hogar".


Mirar el pasto y sentir el pesado granizo cayendo sobre mis hombros ya no es lo mismo. La ternura con la que limpiaba a mi fiel compañera, sentir su cortada en el aire, en la carne...
Entonces entre uno y otro recuerdo me encuentro, para mayores referencias, solo y triste en la casa de mi infancia, en la cual sólo habré llegado a dormir contadas ocasiones, aún pudiéndose contar con los dedos, antes de llegar a pasar a mi retiro, en la cual me encuentro y aún me cuesta excesivo trabajo asimilar.


Las grietas de las pareces me dan a entender que no solamente yo he envejecido con tanto trajinar día tras día, año tras año, y las cosas que aún en época antigua no soportaba, me resultan totalmente desagradables el día de hoy: la puerta de madera vieja que rechina, aún cuando nadie la ha tocado, su crujir por las noches, las sillas a medio romper que todavía sostiene a sus ocupantes con temple, la cocina anega de cucarachas a las cuales no me atrevo a espantar, por si algún día me falta para comer...


Bueno y podría pasarme todo el día escribiendo para vosotros en este cuaderno para apuntes acerca de lo mucho que odio este lugar; sin embargo, lo que me condiciona de limitarme a escribir otras cosas me condiciona, irónicamente, también a escribir todo lo que en este momento estoy pensando, por tal, debo seguiros ilustrando con mi relato de modo que pueda servir a un propósito misterioso el cual todavía no descubro.


Las paredes de barro, el suelo de tierra, el poyo de piedra sobre el cual aún descanza mi capa, todo, absolutamente todo me provoca una sensación de nostalgia, muy distinta a la que vosotros traerían a vuestras mentes en un instante de recuerdo alegre y triste a la vez, no, es una nostalgia que provoca hastío en mis entrañas, una nostalgia que me llama a regresar a un lugar al cual nunca tendré acceso, el cual me es imposible de encontrar, el podría yo y vosotros emprender la empresa de encontrar y llegar hasta la muerte por tal, sin embargo nunca jamas veríais, y por no deciros más, no existe. La sensación plena de inseguridad, de incertidumbre, por la cual me encuentro solo, abandonado, la impresión de que todo a vuestro alrededor no os pertenece, y que aún vuestro propio cuerpo y vuestra alma, no es vuestra, las ganas de volver a ese lugar deseado, llamado "hogar", es algo que a través de los años entendí, nací sin un sentido de pertenencia, sin ese arraigamiento que cada ser humano tiene al nacer. Esta tristeza infinita que siento, de orfandad, de soledad...


Tal es mi sensación al encontrarme aquí... Y pues, para daros más referencias acerca de mi origen les diré que mi madre, a la cual no conocí, se echo a correr luego de haber nacido yo; mi padre murió cuando el esposo de una mujer lo mató, al encontrarlo en la cama con su esposa. Es de esta manera como vosotros, pretendo, comprenderéis el porqué de esta soledad infinita tan arraigada a mi ser. Me crié en una simple casa de huéspedes del pueblo donde nací, en el cuál, desde que tengo recuerdo, era golpeado hasta no poder cargar algo con las manos, ni mi cuerpo con mis pies, la dueña del lugar, lejos de ser mi madre, era mi verduga diaria, de manera que solamente pude crecer con odio, sin embargo una vez que logré usar la razón, obtuve un entendimiento sobre su comportamiento, tal hizo que creciera este sentimiento de soledad en mi interior, tal hizo que no solamente naciera triste, sino que esa marca quedara grabada en mi memoria para siempre...


Lo que vosotros mentais como "amor" fue muriendo dentro de mi corazón con gemidos apagados, llamas tristes que dejaron de titilar en el momento en que fui dándome cuenta de mi verdadera naturaleza...


***


Las cosas iniciaron una tarde, pues no he de deciros que inició "una cálida mañana" o incluso "una escalofriante noche", siendo sincero, no lo recuerdo. Las sucesos de aquella noche dejaron gravada para siempre en mí el instinto asesino que marcara mis días hasta la fecha.


Aquel día conocí en un bar, el cual no podré especificaros, a un tipo de aquella que aún el mismo Jesús tomaría por insalvable. Un cuerpo cuya alma pesaba tanto, o pesaba tan poco, que él mismo daba por sentado que solamente le era un estorbo. Llevaba un sombrero extraño rematado por una pluma. Una almilla, que apenas si cubría sus carnes, y sobre sus anchos hombros, una capa que por mucho era excelentsísima: color negro, con unos broches de oro rematados en zafiros, ligera y elegante, la cual ahora llevo puesta. Unos pantalones simples los cuales sostenían un cinturón de cuero teñido de negro con una hebilla sumamente gruesa, por lo demás sencillo. Unas botas color inexistente, muchas cicatrices en el brazo. Sin embargo su rostro era límpido, cabello negro medianamente crecido; lo más extraño era la expresión de su rostro, como si cosa alguna le importara tanto como sus botas, sus ojos carecían de todo brillo, lo cual me hizo pensar, por primera vez, en la muerte. Pero aún más que sus ropas, o su aspecto, me interesó sobremanera su espada, una espada tan magnífica, que aún ahora que la veo entre mis manos me sorprende por su singularidad. En sus manos había adquirido una similitud a un arma mera y vulgarmente asesina, totalmente salpicada de sangre y sin ningún tipo de cuidado, por lo demás de no haber estado en un estado de sorpresa total, no habría notado el ligero fulgor plateado que manaba como la misma sangre de una herida, muy cerca del mango, en uno de los filos, pues sería mentira deciros que era el filo derecho, el cual aún recuerdo porque el sólo hecho de observar tal espectáculo de matanza y belleza, de un matiz estético excepcional... Pues bueno, he de seguiros contando mi historia, puse para tal estoy sentado aún a la vera del camino que conduce a la entrada de esta pocilga:


Todo sucedió muy rápido, a pesar de la primera impresión que me causara el encuentro con este imponente personaje, más pudo mi necesidad de alimento que mi cautela, por tal intenté robarle lo que tenía sobre la mesa; lo primero que sentí fue un fuerte olor a tierra en algún lugar de mi cabeza, lo siguiente un fuerte dolor en el brazo y luego todo era color negro.

Cuando desperté boca abajo mi primera impresión era que estaba soñando y a razón de ello no sentía parte alguna de mi cuerpo, como si hubiera sido desprendido cada miembro del mismo. Lo siguiente sobrevino tan repentinamente como la primera sensación que sintiera, un dolor en el cuerpo tan intenso, tan insoportable, que hubiera preferido sentir, o mejor dicho no sentir, lo que me hacía creer que carecía de un cuerpo palpable. Al parecer debo haber sido vapuleado a tal extremo que mis carnes veíanse de un color negruzco. Hasta esa etapa de mi vida no había visto a un muerto, ni siquiera a un moribundo, sin embargo alguna cosa que palpitaba constantemente como un martillo en mi cabeza me hacía pensar que de haberme visto en un espejo habría de ver a un cuerpo muy similar al de uno de ellos.

Hasta donde pude ver me encontraba en una choza, tendido sobre una ramada de palos cubiertas con hojas secas, unas largas hojas secas, y lo pude notar, pues mientras respiraba con dificultad sentía que se iban deshaciendo los extremos de las que soportaban mi cara manchada de sangre.

No levanté la cabeza por dos motivos: el primero era que no quería ver el estado total en el que se encontraba mi cuerpo y el segundo era que así hubiera querido no lo habría podido hacer, para qué he de mentiros, el dolor era fatal.

Calculo que habrían pasado unas buenas decenas de minutos, una vez hubo dado con la realidad de la situación me encontré levantado por unas manos callosas, de las cuales eran dueñas unos brazos extremedamente fuertes, los cuales luego de alzarme en vilo me lanzaron algo lejos de sus pies, donde caí maltrecho y mientras mi dolor se acrecentaba yo yacía en el suelo inmóvil esperando el siguiente ataque, y para mi sorpresa tal no llegó, por el contrario sentí los mismos brazos levantándome y colocándome, no muy meticulosamente, sobre el suelo, solo que esta vez sentado.

Lo mire largo rato, y mientras el conocimiento iba recuperándose dentro de mi cabeza noté que el hombre al que dirigía la mirada era el mismo al cual había tratado de robarle la merienda. Mientras lo miraba me devolvía la mirada, tras un largo tiempo, sin notar cuánto, me habló, con una voz que hizo que se me helaran los huesos, y por lo que he descrito a vosotros, no era yo una persona a la cual se podría amedentrar facilmente. Pero aquella voz gutural me dejó pasmado.

-Un acto merece otro de igual calibre. Vos intentasteis hurtarme el alimento, pues yo intenté alimentarme de vos. Aunque ciertamente he de decir, engendro, que no he encontrado en mi vida presa más difícil que vos, mi espada os ha cortado, pero al parecer no como debería, mis manos lograrón romper vuestra cabeza; he esperado cinco días y lejos de mostrar síntomas de estar muriendo muestras mejoría.

-¿Quién diablos sois vos?-dije.

-Veo muchacho que al parecer os hace falta aprender modales, ello os ayudaría a conseguir alimento sin que os dejen hecho una ruina.

-Mirad, si vos hubieras sido tratado como me trataron a mí, las cosas ahora os pintarían de otro color...

-Escuchad esto mozo insolente, si en vuestra miserable e insignificante vida encontraréis criatura más triste que lo que yo fui, y espero que esto os enseñe a no volver a gastar mi paciencia, os regalaría absolutamente todas mis pertenencias, salvo obviamente mi adorada Mors - dicho lo cual sentí un pellizcón en el abdomen.

-¿Quién es ese Mors que mencionasteis? Será acaso vuestro perro.

-Jajaja, muchacho idiota me has hecho reír, proeza que no lograba hacía tiempo. Sin embargo no, no es un perro como vos pensais...

-Entonces...

-Bueno muchacho pues es mi espada, que más pensabais vos que, dentro de mis visibles pertenencias, merece un nombre.

-Oh, pues sí, lo noté antes que vos que me hicierais añicos la carne entera.

-Sí, me parece que vale la pena contartos la historia de cómo la hallé. Hace unos años andaba yo...

Pero aquella historia que me estuviera contando no logré terminarla de escuchar nunca; fuera se había oído un ruido como de cascos. El portador de la espada salió apresuradamente y para cuando hubo vuelto, que fueron sólo escasos minutos, volvía con un hombre de mediana edad cortado por todos lados, cómo lo estuviera yo, y al parecer ya sin sangre en las venas, pues parecía haberse derramado toda afuera.

-Son finales como estos los que os espera a los ladrones como tú y este infame.

-¿Qué fue lo que pasó, señor?

-Pues que este personaje, como muchos otros antes, ha tratado de hurtarme la espada.

-Al parecer es una espada de mucho valor, ha de costar una fortuna- pensé anhelante.

-No podríais ser más estúpido, niño, el valor de esta espada no podría ser equiparada por dinero alguno.

-Entonces, señor, a qué se debe que os ataquen tanto por vuestra espada.

-A que sus cortaduras no sanan, muchacho, produce heridas de tal calibre que ninguna medicina, al menos no conocida, puede curar.


-No entiendo señor, tal afirmación podría darme entender que soy un difunto ya, sin embargo aún respiro y siento hambre, dolor, y bueno todas aquellas cosas que nos hacen sentirnos vivos.

-Buena manera de expresar la vida muchacho, dolor. Bueno la pregunta que me haceis es exactamente la misma que en este preciso momento taladra mi cabeza. No llego a entender el porqué de esa reacción en vuestro cuerpo.

-Señor...

-Decidme muchacho.

-¿Qué pensais vos hacer conmigo?

-Otra buena pregunta que haces muchacho. Lo cierto es que pensaba entrenaros, si vos estáis de acuerdo con ello. Ciertamente me parece que algún día, quizás, llegaréis a ser mi heredero.

-Me parecería ingrato no aceptar vuestra oferta, señor, puesto que no me ha matado...-dije, haciendo una inclinación con mi cabeza, con lo que logré sentir unos mareos indescriptibles a causa del dolor- Y recalcando que ciertamente todo me da igual. Me someto a vuestra disposición.

-Me parece excelente. Debo aclararos, sin embargo, que traté de matartos, pero que no pude, solamente logré romperos la cabeza y hacer heridas que no fueron, al parecer, mortales para vos. Ahora prefiero que descanzes puesto que mañana veremos de empezar a intruiros. Ladronzuelo.-Dicho tal me volvió a hacer un pellizco en el abdomen.

Vosotros creeríais que un castigo tal sería el indicado para un niño como yo, pues os equivocaríais puesto que mi cuerpo magullado y cortado sentía martirio en el más leve roce, además estaba el hecho de la fuerza que poseía este individuo. Para fines mayores dejóme dormir por horas y horas, lo lamentable era que vosotros descanzaríais mejor si os hubieran alimentado como es debido, y lo más sabroso que me trajo este tipejo fue un poco de pan y un vaso de vino, y este alimento en 3 semanas, sólo para merendar.

Lo que hiciera con el ladrón que irrumpiera en nuestra conversación no lo supe jamás, ni me atreví a consultárselo.

Sin entender las razones por las cuales se cumplió lo que me dijera mi nuevo verdugo acerca de mi recuperación, pues me iba recuperando con una rapidez asombrosa, me iba sanando. Y a pesar de mi lastimera situación logré ponerme en pie a la semana de haber pasado mi charla con este misterioso hombre, mi verdugo. Y os lo menciono porque desde que me vió en pie no ha parado de martirizarme con la extraña idea de enseñarme las artes de la muerte.

Lo primero que hizo una vez vióme en pie fue examinarme de pies a cabeza, y llegó a la conclusión de que tenía condición de atleta y por tal me hacía hacer ejercicios hasta quedar exhausto o hasta que la cabeza herida no me dejaba continuar, pues , según él, las lastimaduras en la cabeza eran de cuidado.

En los siguientes días terminaría de sanar mi roto cráneo, luego de lo cual me dijo que estaba listo para cazar mi propio alimento, para tal me obsequió una daga que cargaba consigo para todos lados, lo mismo que la magnífica espada, solamente que este miserable objeto vulgar no tenía el mismo brillo de muerte que la espada que tanto admiraba.

Para daros mayores detalles a parte del ejercicio excesivo me enseñó por horas y más horas a pelear con la daga, luego de lo cual me instó a matar venados que habían por la zona. Al inicio no me gusta demasiado, y bueno me parece que a vosotros no os gustaría estar bañados en sangre, mucho menos si su presa se empeña en defender su vida.

Una vez hube alcanzado técnica en matar animales, con lo cual disfrutaba mucho para entonces, me enseñó a usar la espada; debo dejar claro que jamás hasta esos días hube tocado una, además que la suya no la tocaba ni con el aliento. De otro ladrón que llegara unos días antes tomó "prestada" la espada con la que aprendí a pelear.

El primer impacto acerca de lo que era la muertae que tuve y que realmente me hiciera sentir extraño, fue cuando frente a mis ojos mató al triste idiota que intentara, inútilmente, robarle. Con una ligereza imcomparable eludió un ataque dado por su espalda, actuó de manera rápida tomando por refugio el duro suelo de tierra, luego de lo cual su ataquente perdió el equilibrio por la fuerza con la que atacó. Mi entrenador se levantó con la misma rapidez con la que se había tirado al suelo, cosa poco elegante, pero efectiva. Estando en pie con el dorso de la mano izquierda propinó un golpe en la nariz, y se produjo un gran fluído de sangre, lo cual me agradó mucho. Hecho esto el ladrón quedó a su merced, con la espada en el suelo y la cara llena de sangre simplemente se limitó a correr lo más lejos posible, pues con mi daga, que en ese momento portaba él en las manos, hizo un lanzamiento hacia su muslo derecho. Cuando el ladrón quedó tendido en el suelo sacó su espada, una vez más logré ver el brillo de la hoja de su espada, e incluso os hubiera jurado que el mismo brillo se repitió en mis ojos.

Con la espada en alto por un instante se repitió el mismo proceso de martirio que me enseñó para matar a mis presas, le cortó ambas orejas, luego cercenó sus manos, luego pasó meticulosamente la punta de la hoja por su cuello indefenso, puesto que había aprovechado que el infeliz se estaba cubriendo la cara con las manos para cortarselas, y una vez sin éstas el acceso total a mutilar su cuerpo era inevitable. Rasgó con precisión el cuello dejando una fina línea escarlata a la mitad de su cuello.

Prosiguó haciedo cortes profundos en la parte delantera de sus muslos, al parecer él tanto como yo, disfrutaba viendo patalear, gritar y finalmente gemir al desdichado. Una vez su cuerpo no tuvo parecido alguno al que lo atacara, le cortó la lengua con muchísima menos delicadeza de la que lo hizo cuando rasgó la piel de su pescuezo, lo hizo de tal manera que terminó por abrir los lados de los labios de modo que se podría decir que su sonrisa le podría durar mucho tiempo, dejo el corte a cada lado a la altura de los pómulos, y la lengua, ya para terminar con la descripción de su última delicadeza, la cortó por ambos lados de manera desigual, de forma que solamente tenía unido el trozo cortado con una delgada tela de carne, que fue lo último que logré ver antes que la sangre siguiera manando.

Para terminar pasó la espada por su cuello y la introdujo hasta la mitad. Luego de esto lo dejó desangrarse en el suelo y tomó su espada la cual me dijo era un "regalito" de nuestro amigo.

-Toma muchacho, usad esto en ocasiones venideras, os servirá para luchar.

-Vaya señor, eso fue asombroso.

-Me deleita saber que disfrutais como yo de estos festines. Pero déjadme deciros que vos hubeiras cargado con el mismo destino. Os hice exactamente lo mismo que a este individuo, a excepción de cortar vuestra lengua.

-¿Entonces qué fue lo que me pasó?-pregunté desconcertado.

-Eso es muchacho exactamente lo que no me explico. Vuestras heridas fueron igual de profundas que las que vos acabas de ver que hice. Solamente que noté que no sangrabas mucho, y luego noté que vos ya no sangrabas nada, por eso no terminé cortándo vuestro cuello. Por eso decidí traeros y ver qué deparaba vuestro destino conmigo. Ahora he decidido que vos serás mi heredero. No tengo riquezas que ofrecer, pero puedo dar mis experiencias y enseñanzas, las cosas materiales que posea serán vuestras luego de mi muerte.

-Gracias por vuestra generosidad, señor.

-Callaos la boca y ahora a seguir entrenando que el tiempo no está para desperdiciarlo - soltó derrepente.

Entiendo que quizá para vosotros este proceder ha de ser una barbaridad inhumana, y hubo un momento en que lo pensé, tal momento fue exactamente antes de deleitarme con tanta sangre y llanto. Perdonadme por contaros esta monstruosa escena con tal placer, pero no puedo evitar sentirme complacido al recordarlo, es más si mi escritura diera a notar mi actual sonrisa vosotros la veríais.


Pasaron muchos meses, y mientras más miraba la espada más me atraía el lujurioso deseo de tenerla como mía. Entrené arduamente y esperé mucho, hasta que un día me decidí a retarlo a duelo:

-Señor, quiero pelear con vos por la espada, por Mors.

-Basura insolente. No os he prometido acaso que todas mis pertenecias serán vuestras luego de mi muerte.

En ese mismo momento, mientras yo sostenía mi espada en alto, llegó otro ladrón sólo que este tenía la cara tan cortada que no se lograba distinguir con claridad su rostro.

Atacó frontalmente y en ese momento se desató una batalla feroz. Yo miraba y miraba con ansias de ver un momento de debilidad de alguno de los dos. Luego de unos minutos lo encontré. Ambos estaban forcejeando metal con metal; en ese momento bajé mi espada hacia el brazo del dueño de Mors. Con la mano izquierda, que era la que no sostenía la espada, trató de frenar mi ataque, con lo que consiguió hacerse un corte profundo en la palma. Aprovechar ese instante de debilidad que tiene la carne mermada fue algo en esencia sencillo. Su actual adversario vio la misma oportunidad que yo. Entre ambos redujimos las posibilidades de vida a cero. Luego de hacerle la herida en la mano izquierda y que hubiera forcejeado un par de segundos con su enemigo, aproveché otra luz de debilidad en su posición, haciéndole un profundo corte en el brazo derecho, ya sin muchas fuerzas para seguir luchando su destino estaba hecho. Con un empeñón recio logró tenderlo boca arriba en el suelo al instante que trataba de clavar el filo de la espada en su abdomen. Mi maestro lo esquivó con agilidad rodando, con lo que se otorgó un par de minutos más de vida. Logrose levantar el cuerpo herido. Me miró por una fracción de segundo, con lo que entendió, como vosotros ahora también lo entenderéis, que las ansias que me causaba ser el amo y señor de la espada me habían poseído con lo que una sombra de muerte reinaba en mis ojos ya de por sí opacos.Ninguno de los dos se lo esperaba, pero viéndome en un dilema al saber que su adversario quedaría con vida, opté por hacerle un daño menor. Le clavé mi horrible daga en el lado del muslo. Ellos seguían luchando, al parecer, indolentes sobre el destino que les esperaba con una ayuda como la mía en su batalla. Luego otro corte resonó en el aire, esta vez le había hecho una herida de forma horizontal a lo ancho de su abdomen, con lo que mi maestro y su atacante cotaban ahora, ambos, con dos heridas leves que lo único que hacía era agotarlos y acercarlos poco a poco hacia su muerte.Cuando ya ambos estaban exhaustos me miraron y vi el odio reflejado en los ojos de ambos. Vi en los ojos del atacante un brillo de codicia solo comparable con la mirada de odio que me prodigaba mi tutor. Al verme a los ojos acometió con una fuerza sobrenatural, acto, tal cual era, me hizo retroceder con precaución. Mientras que su atacante aprovechaba y le clavaba la espada por la espalda a la altura del ombligo. Mi mentor se había confiado en la cruel idea de asesinarme primero en compañía de su atacante, visto lo cual el susodicho pensó en matarlo para dejarme a mí, la presa fácil, a su merced. Fue el último error del antiguo dueño de Mors.Luego de esto, no tuve que pensarlo dos veces, con una destreza que no me conocía corrí hacia el traidor y mientras este me atacaba con su espada, la lanzé de lado con la mía, solté la mano derecha y saqué la daga, que había guardado en el cinto, y le corté el cuello con placer, viendo como corría la sangre por el filo de tal vulgar arma.Una vez hube terminado con el atacante me levanté para dar un respiro. Grande fue mi sorpresa al ver al que yo creía muerto, de pie, con Mors levantada en alto y corriendo hacia mi con furia, aún con la espada clavada a la altura de su ombligo, agitandose en su apuro, como un cordón umbilical de muerte. Otra vez mi mente funcionó en milésimas de segundo. Corrí a su encuentro, pero en el camino, mientras el bajaba la espada para cortarme, hize un quiebre a un lado, con lo que le hice perder el equilibrio, debilidad que capté para mi provecho. Pateé su pierna a la altura de la rodilla, con lo que calló arrodillado, pateé otra vez, en esta ocasión la empuñadura de la espada que tenía atravezada, con lo que le hize perder el sentido por el dolor. En ese momento glorioso levanté mi propia arma y corté con una sonrisa demente su cabeza a la altura de su cuello. Lo maté limpiamente y sin remordimientos, y aún ahora la emoción que sentí al saber que estaba cercenando la vida del anterior dueño de la que ahora es mi espada, me hace sonreía con esa demencia rara que tantas veces me ha acompañado.Luego de tanta lucha los corté artísticamente para luego cavar un agujero pequeño en la tierra e ir hincando, hincando con la espada hasta que los trozos llenaran tal agujero con sangre y trozos de carne aún viva, pero ya sin sensación alguna.Dejé lo mejor para el final: tomé en ese momento entre mis manos a Mors. Un aire frío me recorrió el cuerpo y sentí el resplandor de muerte con la mano con la que lo cogí, que para ese preciso momento, hubiera jurado era una garra. No os daré mayores detalles, para mí íntimos, sobre la forma en la que expresé mi adoración por esa arma tan perfecta, tan apta para matar.


En ese momento me liberé de tantas horas de zafiedad, de maltrato, del hambre que aún cazando "mi propio alimento" no podía acallar. Las horas que pasaba recibiento golpes e instrucción a la vez. Ahora estaba listo, preparado para matar; seguiría entrenando por mi cuenta. Siendo un niño me adueñe de su casa y demás pertenencias. Dentro de las cuales se contaba su excelente capa, que ahora descanza sobre el poyo que tengo en esta casa, la casa de mi maestro asesinado.
Queriendo daros mayores detalles, me quedé en la casa esta, solo un par de días, detesto completamente sentirme ligado a un lugar en particular, y esta pocilga inmunda solamente me causa desazón en el alma, si es que aún tengo o he tenido alma. Por tal me alejé al instante del lugar que en tan poco tiempo me resultó insufrible. Pues en la casa vivía mi tutor, mientras que yo vivía en una choza a escasos metros de ella.


Bueno, partí y en mi camino asesiné a otros muchos más, siempre con el mismo proceso de mi maestro, cercenando cuanto pudiera, hasta la lengua, y cuando no tenía alimento a la mano, esa carne me satisfacía, alimentando mi sed de sangre.


Me hize una fama solamente comparable con el antiguo dueño de mi espada. Todo cuanto veía la capa y la espada que poseo corrían como alma que lleva el Diablo. Igualmente recibía ataques con la finalidad de hurtarme lo que me gané a base de traición y sangre. Para suerte mía no encontré un niño como el que había sido yo. Para la época que os describo, ya habían pasado años y yo tenía corpulencia y el aspecto de un joven, por lo que tenía, por añadidura, una destreza mayor con Mors.


***


En uno de mis tantos viajes pasé por una ciudad extraña, en donde se comentaba que ningún forastero salía con vida, cosa que alimentaba excesivamente mi insana curiosidad. Para este viajo, como para tantos otros, tuve que volver al hogar odiado para descanzar un par de días, antes de reemprender rumbo.


Solamente entrando recibí ataques, aún cuando veían portador de qué arma era yo. Ya llegando al centro de la ciudad ingresé a un lugar para merendar. Dentro un anciano limpiaba con un trapo sucio una cuchara de madera. Me senté en una silla, puse los pies en el mostrador y levanté con una mano a Mors apuntando a su garganta.


-Tened mucho cuidado -me dijo-, pues en este lugar cosa alguna tiene premio significativo por mucho que vosotros los seres mundanos le den un valor excelso, por mucho mal o bien que prodiguen, siempre seréis castigados.


En ese momento en un parpadeo ya no estaba, por instinto giré mi espada hacia atrás con lo que conseguí herirlo, pero no de gravedad, solamente un rasguño en el brazo.


-Cuidado forastero, las cosas no se os tornan fáciles en este lugar sin corazón.


De nuevo hizo gala de su habilidad y apareció a mi lado, con rapidez estiré el brazo hacia el otro lado, con lo que conseguí cogerlo del cuello. Le corté una oreja, algo que ya no le hacía gracia y mietras iba a volver a abrir la boca para amenazarme le corté la cabeza.


Luego de esto salió una mujer con un plato de comida que al ver a su padre, pues ella misma lo gritó, dejó caer el plato, con otro rápido movimiento estiré la espada y cogí el plato. Acto seguido lo deposité en el mostrador y de dos engullidas lo terminé.


Al fin volví la mirada y la observé: Una mujer obviamente fuera de lo común, pero por lo desaliñada, nada hermosa en comparación con las señoritas que uno divisa por estos lares. Su rostro era bonito, cabello negro y ojos claros. Cuerpo que la ropa hacía notar firme, y carnes abundantes y apetitosas. Al parecer no le entristecía la muerte de su padre, sino que la cogía por sorpresa.


Luego de esto estiré el brazo y la jalé por la pierna. Después di paso a mi lujuria, a la cual ella correspondió endiabladamente. En el momento culmen las cosas se me vinieron al suelo y sentí algo similar al dolor dentro de mí. Estuve apunto de matarla. Pero mientras me erguía desnudo y cogía mi espada entró su hermano, obviamente también lo mencionó. Acrecentó más su furia ver a su hermana y a mí complemente desnudos y embarrados en la sangre de su padre.
Al ver sus intenciones levanté mi espada. Era rápido como su padre, pero no tanto, no podía igualar su velocidad, pero si ver sus movimientos. En un acto de suerte en donde adiviné el blanco, lanzé mi daga y la clavé en uno de sus pies, luego de lo cual de un tajo corté la mano con la que sostenía su espada.


Otra vez su hermana no mostró piedad ante la muerte de otro familiar tan cercano.


-Esto quiere decir que ahora os pertenezco mi amo.


-No me hagáis reir. Yo no te quiero a mi lado.


-Pero señor...


-Está bien te voy a sacar de aquí, pero mantén la boca cerrada.


Salimos de la ciudad, lo que conllevó a un par de ataques y muertes más. Ya fuera me había acostumbrado a su presencia. Ya no me resulaba incómoda.


Siendo esto notorio, se volvió mi única compañía humana. Los animales que yo cazaba ella los cocinaba y con la propia sangre nuestra alimentación acababa siempre en un acto de fornicación sólo comparable con la de animales. Él único problema era que el dolor persistía luego del placer. A la vez ella se dedicaba a prodigarme caricias, cosa que me iba consumiendo de a pocos.


La dejé en este hogar que detesto como por un año sola, con mi daga, para que cazara sus propios alimentos, pues ella poseía cierta habilidad de su padre y hermano.


Pasó algo el tiempo despúés de mi partida, hasta que tomé una sensata determinación. La única mujer que rompió mi soledad, la única mujer que me hizo sentir tanto dolor, que ni el corte más profundo podría lograr equiparar. Pues en la ausencia de un corazón dueño de sentimientos puros, el amor es un agente necio que solamente busca un lugar al cual no pertenece. He de decir que tuve que matarla. No pude sentir amor, pues no era un alma con tal maldición, por tanto un ser tan puro como aquel que me prodigaba tanto, no merecía vivir para ver el desprecio que emerge de lo más íntimo de mi ser.


No daré más detalles de su muerte, pues esa muerte en particular no me produce el más mínimo placer.


Pasaron años y años, y seguía viviendo para matar. Al parecer mi último y peor pecado, a la vista de todos vosotros y mucha más gente, fue el de mantenerme con vida, aunque tenga el corazon yerto. Pues la única siembra que podía cosechar era secar más y más mi corazón con cada muerte que producía el brillo y el rasgar de mi espada.


Para qué explicaros más, para qué daros mayores detalles de otras muertes, para mí tan insignicantes ahora como fueron gratificantes en su momento, tan despreciables como un simple plato con arroz.


Para este punto de mi relato tengo una sensación extraña.


-Siento a alguien en mi puerta...


En ese momento un ruido como cascos resonó más fuerte y alguien que estuviera mirado con ojos de un simple ser vivo no lo hubiera notado. El nieto del anciano que mató en aquella ciudad extraña, el sobrino del hombre que asesinó, el hijo de la mujer de la cual tan cruelmente despojó la vida, cuando lo amó de una manera tan profunda.


De alguna manera cuando lo vió supo que era su hijo, quizá sería los ojos de su madre, el parecido a él, pero el detalle más notorio fue su movimiento silencioso y rápido. Fue como un relámpago. Lo mató en un instante, pues ya para entonces no contaba con las mismas habilidad, además cabe notar que el asesinato de la mujer lo cambió por completo...


Aún después de haber sido atacado con la espada llamada "Muerte" sus cortes lograron sanar con los días, mientras el yacía muerto en el lugar que odió tanto, del cual al parecer nunca logró escapar...

3 comentarios:

Laura dijo...

Jaime Bayly!!! es lo maximo.!!

sangreybesos dijo...

Un relato impresionante, caballero. ¿Tiene más de estos?

Ignotus dijo...

Pues la verdad lo que me gustaría es tener tiempo. Y tu Laura Bozzo mejor anda a escribir en tu blog que lo veo medio vacío.